16.4.09

Rimbaud,Maldito Huesped de todos los tiempos


Garabatear sobre Rimbaud le propuse al Gigante Malasangre para engordar una revista literaria de Pudahuel, él estuvo de acuerdo en seguida y entre los pasillos de un supermercado me pidió comenzar lo antes posible, y como no, al instante no pude dejar de sentir en la carne la violencia del sátiro niño acurrucado. Rimbaud era una muñeca escupiendo leyendas y símbolos con la frente húmeda, el dolor le mecía la cuna y en sus tiempos, asesinos, todos querían ser enemigos, y eran, sus enemigos. Pero eso no ha cambiado, la potencia de la muñeca entusiasmaba a los puercos que se hacían los amables, y creo que hasta le mandaban chocolates. La niña Jean Arthur Rimbaud bautizaba su precoz elegancia en medio de la catástrofe, era bastante obsesiva su mirada y variados los excesos de su imaginación que lo tenían lamiendo ataúdes sin razón, recién empezaba a transformar la poesía y su conducta de poeta sublime no le permitió siquiera cumplir treinta, fue un derrame cerebral de ideas con actitud insolente y a la vez, desafiante. Las letras lloraron cuanto partió, eso es seguro, las escasas lágrimas que no alcanzarían para otra línea más, se fue para estar cada vez que un libro se abra. La chimuchina de la época cuenta que el sepelio fue conmovedor, pues estaba vacío y nadie lloró, había una que otra mirada indefinible, y su corazón no latía más en este mundo, con sus ojos achinados y cálidos va recorriendo su alma inquieta por dentro, dando trotes entre alamedas de árboles de invierno y cantando con saltitos alocados, olvidando el martirio y las flores, entre mordiscos e inconvenientes, probablemente enrabiado, putearía a todos los poetas de moda aumentando la supremacía sobre su amado , Verlaine, todo se vuelve una contradicción manifiesta, y claro, perturba cualquier tranquilidad supervisada, ambos sucumben, sus sentimientos eran prueba suficiente y en una loca carrera rompen sus plumas y atropellan a todo el mundo, Rimbaud sale del salón dando tumbos y se sube a las barbas de Verlaine, ¿Verlaine tenía barba?. Sí, uno que otro pelo loco. Hablando de epidemias, soldados alemanes y otros destrozos pasaban los días, Rimbaud le escribía a su esposo infernal, sin pensar siquiera que con su malcriada retórica este pendejito blanco y desgarbado, con bandera enemiga y todo pronunciaría a los cuatro vientos la mejor poesía de todos los tiempos, ebrio sobre los barcos de sus aullidos pasaría al asiento del Rey Poeta, supongo que Rimbaud amaba al sufrimiento, la niña de su esencia quería naufragar, dedicarle su vida a la vida, por más que él, ardiendo quisiera bajarse de ahí, nadie podría sacar de sus inconcientes, ni siquiera con grúas, los brillantes metales de sus palabras y su poesía.


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